¿Y si dejaras de hacer un problema de tu peso?
Durante 20 años luché contra mi peso.
Cuanto más me obsesionaba, más engordaba.
Con el tiempo, un problema de 5 kilos se acabó convirtiendo en uno de 20.
Al comprender que luchar era el problema, dejé de vivir esperando al peso, y encontré la salida.
Mi alegría fue tal, que decidí compartirla en este proyecto, al que llegaron muchas personas atrapadas en el peso.
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Cuando todo parecía ir bien, irrumpieron en mi vida nuevos problemas, en los que nunca imaginé que me vería envuelta.
¿No había descanso en esta vida?, ¿tan difícil era ser feliz?
La situación me arrasó, y me quedé atrapada en mis nuevos problemas. Sentía que mi vida se había derrumbado, y yo con ella.
Con el tiempo, lo que había aprendido con el peso fue regresando a mi memoria, y pude darme cuenta de que mis nuevos problemas no eran tales.
Me los había creado yo misma, como en su día hice con el peso, al colocar la etiqueta de problema a una situación que no quería tener delante.
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Rechazar lo que no nos gusta es un acto reflejo, humano, pues nadie quiere verse inmerso en situaciones incómodas, difíciles o desagradables.
Sin embargo, son estas las que nos señalan el camino de salida. Las que nos muestran que otra vida es posible.
Domar el impulso innato de rechazar lo que no nos gusta (luchar contra ello, quejarse, enfadarse, agobiarse, amargarse, hundirse, abatirse…) es lo que abre la puerta a una forma más suave y amable de atravesarlo y, a la postre, lo que permite que la situación siga su curso, en lugar de estancarse.
Después de atravesar varias situaciones (de esas que nadie quiere que tener delante) puedo ver que todos los problemas que se enquistan son uno y el mismo: nuestra tendencia a resistirnos a ellos, a hacer un problema de lo que pasa.
Lo hacemos para defendernos, para intentar quitarnos eso de encima, o para huir de ello, sin darnos cuenta de que rechazarlo es la mejor manera de mantenerlo vivo en nuestra experiencia.
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Un día, aún estancada en mis nuevos problemas, me di cuenta de que vivía atormentada en medio de una realidad apacible.
Solía pasar mis mañanas en una biblioteca, y la sala en la que leía y escribía era cálida y luminosa.
Todo lo que me rodeaba era paz y quietud.
La vida me invitaba a entender -una vez más- que, si dejaba de hacer un problema de lo que había sucedido, podría ver que no tenía ninguno.
Todos mis problemas, incluido el peso, comenzaron con un pensamiento: “Yo no debería ser así; mi vida no debería ser así”.
Todos mis problemas, incluido el peso, terminaron con un pensamiento: “No es verdad, no hay nada mal en mí, ni en mi vida”.
Que las cosas sean distintas a lo que un día imaginamos, o a lo que a nos hubiera gustado, no significa que estén mal.
Las cosas siempre son como tienen que ser, para que podamos aprender a unirnos a ellas, en lugar de rechazarlas.
Salir de la trampa del peso es dejar de hacer un problema del peso que tienes ahora.
De esa forma, evitas perpetuar tu sufrimiento, y te das a ti misma la libertad de volver a vivir con alegría.
Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que buscamos con perder peso?


